El hambre era aterradora, rugosa, ácida, negra como la noche. Me asaltaba a todas horas y a traición, me desvelaba, me descomponía. Así que hace 25 años decidí que nunca más sentiría hambre. Lo he cumplido, no la he sentido desde entonces.
El sufrimiento huye del vacío, sin embargo, y el hueco que dejó mi hambre desaparecida lo llenó una rabia sorda, muda, gris, sin objeto; indefinida, entumecedora, avergonzante; incomprensible pero soportable. Tardé años en darme cuenta del trueque de rabia por hambre. Cuando fui consciente, la rabia ya se había incorporado a mí, me había cambiado. Sin hambre que satisfacer creía que comer sería puro placer, esperaba deleite porque sí, sin el peaje de la necesidad. Sin embargo la falta de deseo condujo a la rutina alimentaria y el goce con la comida desapareció por completo. Después de la rabia, empecé a sentir asco. Me resultaba insoportable ver comer a nadie. El sonido de la comida resolviéndose en la boca de mis ocasionales compañeros comensales atronaba en mis oídos y me provocaba arcadas. Dejé de frecuentar actos sociales en los que hubiera comida involucrada. Perdí mis escasas amistades a fuerza de no frecuentarlas. No las eché de menos.
Acabé por comer siempre lo mismo, a las mismas horas, preparado de la misma manera, en la misma cantidad. Un suceso biológico, conocido y previsible, que conseguía mitigar mi rabia por unas horas. Al principio diseñé un plan de alimentación equilibrada, en el que estaban presentes todos los grupos de alimentos necesarios en una nutrición saludable. Poco a poco empezó a cobrar fuerza el pensamiento de que estaba cuidándome en exceso, y fui restringiendo los alimentos incluidos en mi espartana dieta. Me convertí en un talibán dietético, consagrado a la misión de evitar cualquier sorpresa gastronómica. Al final acabé por comer sólo manzanas: dos para el desayuno, una a media mañana, dos para la comida, dos para la cena. A medida que iba agotando las reservas de mi cuerpo empecé a restringir mi actividad. Dejé de ir a clase de mi último curso de derecho pues no tenía ánimo para salir de casa y acabé por no levantarme del sofá, contándome las pulsaciones compulsivamente y comprobando que poco a poco se ralentizaba mi ritmo cardíaco. Llegué a una frecuencia cardiaca de cuarenta pulsaciones. Me envalentonaba tener bajo control hasta a mi corazón.
Finalmente vinieron a rescatarme. Mi madre contactó con un centro siquiátrico y orquestó un ingreso al que no tuve fuerzas para resistirme. Me obligaron a comer, recuperé algo de peso y volvieron a encarrilarme en la vía de una existencia más o menos normal. No he conseguido sin embargo dejar de sentir rabia. Ahora mismo me desgarra las entrañas la ira, la culpa y el asco.